Por Julio Denis
Seudónimo de Julio Cortázar
Aparecido en "El Despertar",
diario de Chivilcoy, 1941
A Delia le dolían las manos. Como vidrio
molido la espuma del jabón se enconaba en las grietas de su piel, ponía en los
nervios un dolor áspero, trizado de pronto por lancinantes aguijonazos. Delia
hubiera llorado, sin ocultación, abriéndose al dolor como a un abrazo
necesario. No lloraba porque una secreta energía la rechazaba en la fácil caída
del sollozo; el dolor del jabón no era razón suficiente, después de todo el
tiempo que ella había vivido llorando por Sonny, llorando por la ausencia de
Sonny. Hubiera sido degradarse, sin la única causa que para ella merecía el don
de sus lágrimas. Y, además, allí estaba Babe, en su cuna de hierro y pago a
plazos. Allí, como siempre, estaban Babe y la ausencia de Sonny. Babe, en su
cuna o gateando sobre la raída alfombra; y la ausencia de Sonny, presente en
todas partes como son las ausencias.
La batea, sacudida en el soporte por el ritmo del
fregar, se agregaba a la percusión de un "blue" cantado por la misma
muchacha de piel oscura que Delia admiraba en las revistas de radio. Ella
buscaba siempre las audiciones de la cantante de "Blues". A las siete
y cuarto de la tarde -la radio, entre música y música anunciaba la hora con un
"hi, hi" de ratón asustado- y hasta las siete y, media. Delia no
pensaba nunca: "Las diecinueve y treinta"; prefería la vieja
nomenclatura familiar, tal como proclamaba el reloj de pared, de péndulo
fatigado, que Babe observaba ahora con un cómico balanceo de su cabecita
insegura. A Delia le gustaba mirar de continuo el reloj o recibir el "hi,
hi" de la radio; aunque le entristeciera asociar al tiempo la ausencia de
Sonny, la maldad de Sonny, su abandono, Babe, y el deseo de llorar, y cómo la
señora Morris había dicho que la cuenta de la despensa debla ser pagada de
inmediato y qué lindas eran sus medias color avellana.
Sin saber al comienzo por qué, Delia se descubrió a sí misma en el acto de
mirar furtivamente una fotografía de Sonny, que colgaba al lado de la repisa
del teléfono. Pensó: "Nadie ha llamado, hoy". Apenas si comprendía la
razón de continuar pagando mensualmente el teléfono. Nadie llamaba a ese número
desde que Sonny se había ido. Los amigos, porque Sonny tenía muchos amigos, no
ignoraban que él era ahora un extraño para Delia, para Babe, para el pequeño
departamento donde las cosas se amontonaban en el reducido espacio de las dos
habitaciones. Solamente Steve Sullivan llamaba, a veces, y hablaba con Delia;
hablaba para decirle a Delia lo mucho que se alegraba de saberla con buena
salud, y que no fuese a creer que lo ocurrido entre ella y Sonny sería motivo
para que dejase nunca de llamar, preguntando por su buena salud y los
dientecitos de Babe. Solamente Steve Sullivan; y ese día el teléfono no había
sonado ni una sola ver, ni siquiera a causa de un número equivocado.
Eran las siete y veintitrés. Delia escuchó el "hi,
hi", mezclado con avisos de pasta dentífrica y cigarrillos mentolados. Se
enteró, además, de que el gabinete Daladier peligraba por instantes. Después
volvió la cantante de "blues" y Babe, que mostraba propensión a
llorar, hizo un gracioso gesto de alegría, como si en aquella voz morena y
espesa hubiera alguna golosina que le gustaba. Delia fue a volcar el agua
jabonosa, y se secó las manos, quejándose de dolor al f rotar la toalla sobre
la carne macerada.
Pero no Iba a llorar. Sólo por Sonny podía ella llorar. En voz alta,
dirigiéndose a Babe, que le sonreía desde su revuelta cuna, buscó palabras que
justificaran un sollozo, un gesto de dolor.
Si él pudiera comprender el mal que nos hizo, Base ...
Si tuviera alma, si fuese capaz de pensar por un segundo en lo que dejó atrás
cuando cerró la puerta con un empujón de rabia ... Dos años, Babe, dos años ...
y nada hemos sabido de él... Ni una carta, ni un giro ... ni siquiera un giro
para ti, para ropa y zapatitos ... Ya no te acuerdas del día de tu cumpleaños
¿verdad?... fue el mes pasado... y yo estuve al lado del teléfono, contigo en
brazos, esperando que él llamara, que él dijese solamente: "¡Hola,
felicidades...!" o que te mandara un regalo, nada más que un pequeño
regalo, un conejito o una moneda de oro...
Así, las lágrimas que bañaban sus mejillas le parecieron legítimas porque las
derramaba pensando en Sonny. Y fue en ese momento que sonó el teléfono,
justamente cuando desde la radio asomaba el prolijo y menudo chillido
anunciando las siete y veintidós.
-Llaman -dijo Delia, mirando a Babe como si el niño pudiera comprender. Se
acercó al teléfono, un poco insegura al pensar que acaso fuera la señora Morris
reclamando el pago. Se sentó en el taburete. No demostraba apuro, a pesar del
insistente campanilleo. Dijo:
-Hola.
Tardó en oírse la respuesta:
-Sí. ¿Quién... ?
Claro que ella ya sabía, y por eso le pareció que la habitación giraba, que el
minutero del reloj se convertía en una hélice enfurecida.
-Te habla Sonny, Della... Sonny.
-Ah, Sonny.
-¿Vas a cortar?
-Sí, Sonny -dijo ella, muy despacio.
-Delia, tengo que hablar contigo.
-Sí, Sonny.
-Tengo que decirte muchas cosas, Delia.
-Bueno, Sonny.
-¿Estás... estás enojada?
-No puedo estar enojada. Estoy triste.
-¿Soy un desconocido para ti... un extraño, ahora?
-No me preguntes eso. No quiero que me preguntes eso.
-Es que me duele, Delia.
-Ah, te duele.
-Por Dios, no hables así, con ese tono...
-Hola.
-Hola. Creí que...
-Delia...
-Sí, Sonny.
-Te puedo preguntar una cosa?
Ella advertía algo raro en la voz de Sonny. Claro que podía haberse olvidado ya
de un pedazo de la voz de Sonny. Sin formular la pregunta, supo que estaba
pensando si él la llamaba desde la cárcel, o desde un bar ... Había silencio
detrás de su voz; y cuando Sonny callaba, todo era silencio, un silencio
nocturno.
-... una pregunta solamente, Delia.
Babe, desde la cuna, miró a su madre inclinando la cabecita con un gesto de
curiosidad. No mostraba impaciencia, ni deseos de prorrumpir en llanto. La
radio, en el otro extremo de la habitación, acusó otra vez la hora: "hi,
hi", las siete y veinticinco. Y Delia no había puesto aún a calentar la leche
para Babe; y no había colgado la ropa recién lavada.
-Delia... quiero saber si me perdonas . . .
-No, Sonny, no te perdono.
-Delia...
-Sí, Sonny.
-¿No me perdonas?
-No, Sonny, el perdón no vale nada, ahora... Se perdona a quienes todavía se
ama un poco... y es por Babe, por Babe que yo no te perdono...
-¿Por Babe, Delia? ¿Me crees capaz de haberlo olvidado?
-No sé, Sonny. Pero no te dejaría volver nunca a su lado, porque ahora es
solamente mi hijo, solamente mi hijo. No te dejaría nunca...
-Eso no importa ya, Delia -dijo la voz de Sonny, y Delia sintió otra vez, pero
con más fuerza, que a la voz de Sonny le faltaba (¿o le sobraba?) algo.
-¿De dónde me llamas?
-Tampoco importa eso -dijo la voz de Sonny, como si le apenara contestar así.
-Pero es que...
-Sí, Sonny.
(Las siete y veintisiete.)
-Pero, Delia... imagínate que yo me vaya...
-¿Tú... ? ¿Irte... ? ¿Y por qué?
-Puede pasar, Delia... Pasan muchas cosas... Comprende, comprende... ¡Irme así,
sin tu perdón... irme así, Delia, sin nada ... desnudo ... desnudo y solo ... !
(La voz, tan rara. La voz de Sonny, como si a la vez no fuera la voz de Sonny
pero sí fuera la voz de Sonny.)
-Tan sin nada, Delia... Solo y desnudo, yéndome así... sin otra cosa que mi
culpa... ¡Sin tu perdón, sin tu perdón, Delia!
-Sonny... ¿Por qué hablas así?
-Porque no sé, Delia... Estoy tan solo, tan privado de cariño, tan raro...
-Pero...
(Las siete y veintinueve; la aguja del reloj coincidía con la firme línea
precediendo el trazo más grueso de la media hora.)
-¡Delia, Delia!
-¿De dónde hablas? -gritó ella, inclinándose sobre el teléfono, empezando a
sentir miedo, miedo y amor; y sed, mucha sed, y queriendo peinar entre sus
dedos el pelo oscuro de Sonny, y besarlo en la boca. ¿De dónde me hablas... ?
-...
-De dónde hablas, Sonny?
-...
-¡Sonny...!
-...
-¡Hola ... hola ... ! ¡Sonny!
-... tu perdón, Delia...
El amor, el amor, el amor. Perdón... ¡ qué tontería', ahora!
-¡Sonny ... Sonny, ven ... ¡Ven, te espero ... ! ¡Ven.!
(Dios, Dios!)
-¡Sonny!
-¡Sonny ... ¡Sonny ... ¡
-...
Nada.
Eran las siete y treinta. El reloj lo señalaba. Y la radio; "hi,
hi..." El reloj, la radio y Babe, que sentía hambre y miraba a su madre,
un poco asombrado del retardo.
***
Llorar, llorar. Dejarse ir corriente abajo del llanto, al lado de un niño
gravemente silencioso, como comprendiendo que ante un llanto así toda imitación
debía callar. Desde la radio vino un piano dulcísimo, de acordes líquidos, y
entonces Babe se fue quedando dormido, con la cabeza apoyada en el antebrazo de
su madre. La habitación era un gran oído atento, y los sollozos de Delia
ascendían por las espirales de las cosas, se demoraban, hipando, antes de
perderse en las galerías interiores del silencio.
El timbre. Un toque, seco. Alguien tosía, junto a la puerta.
-¡Stevel
-Soy yo, Delia -dijo Steve Sullivan.- Pasaba, y...
Hubo una pausa larga.
-Steve... ¿viene de parte de...?.
-No, Delia. Es... es otra cosa.
Steve estaba pálido, y Delia hizo un gesto maquinal, invitándolo a entrar. Notó
que él no caminaba con el paso seguro de antes, cuando venía en busca de Sonny,
o a cenar con ellos.
-Siéntese, Steve.
-No, no.. me voy enseguida, Delia. Usted no sabe nada de. . .
Y, claro, usted ya no lo quiere a...
-No, no lo quiero, Steve. Y eso que...
-Traigo una noticia, Delia.
-¿De él?
-Una mala noticia, Delia.
-¿La señora. Morris...?
-Se trata de Sonny.
-¿De Sonny? ¿Está preso?
-No, no está preso, Delia.
Delia se dejó caer en el taburete. Su mano tocó el teléfono frío.
-¡Ah... ! Pensé qué podría haberme hablado desde la cárcel...
-¿El... le habló a usted?
-Sí, Steve. Quería pedirme perdón.
-¿Sonny? ¿Sonny le pidió perdón a usted, por teléfono?
-Sí, Steve. Y yo no lo perdoné. Ni Babe ni yo podíamos perdonarlo.
-¡Oh, Delia. ..!
-No podíamos, Steve. Pero después... no me mire así... después he llorado como
una tonta... vea mis ojos... y hubiera querido que... pero usted dijo que era
una mala noticia... una mala noticia de Sonny.
-Delia...
-Ya sé; ya sé... no me lo diga; ha robado otra vez, ¿verdad? Está preso, y me
llamó desde la cárcel... ¡Steve . . ahora sí ... ahora sí quiero saberlo!
Steve parecía atontado. Miró hacía todas partes, como buscando un punto de
apoyo.
-¿A qué hora lo llamó él, Delia?
-Hace un rato ... a las siete y pico ... a las siete y veintidós, ahora me
acuerdo bien. Hablamos hasta las siete y media.
-Pero, Delia, no puede ser.
-¿Por qué no? Quería que yo lo perdonase, Steve, y recién cuando se cortó la
llamada comprendí que estaba verdaderamente solo, desesperado ... Y entonces
era tarde ... aunque grité y grité en el teléfono ... era tarde. Hablaba desde
la cárcel, ¿verdad?
-Delia... -Steve tenía ahora un rostro blanco e impersonal, y sus dedos se
crispaban en el ala del sombrero manoseado.
-Por Dios, Delia ...
-¿Qué, Steve ... ?
-¡Delia, no puede ser ... no puede ser ... ! ¡Sonny no puede haberla llamado
hace media hora!
-¿Por qué no?- dijo ella, poniéndose de pie en un solo impulso de horror.
-Porque Sonny murió a las cinco, Delia. Lo mataron de un balazo, en la calle.
Desde la cuna llegaba la rítmica respiración de Babe, coincidiendo con el
vaivén del péndulo. Ya no tocaba el pianista de la radio; la voz del locutor,
ceremoniosa, alababa con elocuencia un nuevo modelo de automóvil, moderno,
económico y sumamente veloz.